SOBERANIA Y AUTOSUFICIENCIA ENERGETICA

Por: Carlos A. Leal, presidente Junta Directiva de ACIPET
La soberanía y la autosuficiencia energéticas son conceptos relacionados, pero no son intercambiables. Aquí se explica la diferencia entre ambos términos:
Soberanía Energética:
La soberanía energética se refiere a la capacidad de un país para tomar decisiones autónomas sobre sus políticas y estrategias energéticas. Implica la posibilidad de definir y controlar las fuentes de energía, la producción, distribución y consumo de energía, de manera que esté alineada con los objetivos nacionales, sociales y medioambientales. La soberanía energética se centra no solo en la autosuficiencia, sino también en la capacidad de tomar decisiones independientes y sostenibles en el ámbito energético.
Autosuficiencia Energética:
La autosuficiencia energética, por otro lado, se refiere a la capacidad de un país para producir la cantidad de energía que necesita sin depender en gran medida de importaciones. Esto implica que el país puede generar internamente la mayor parte de la energía que consume, reduciendo así su dependencia de recursos energéticos externos. La autosuficiencia energética se centra en la producción y la capacidad de satisfacer la demanda interna sin recurrir en gran medida a recursos extranjeros.
En resumen, mientras que la autosuficiencia energética se centra en la producción interna de energía para satisfacer la demanda nacional, la soberanía energética va más allá al incluir la capacidad de tomar decisiones independientes y sostenibles en el ámbito energético. Un país puede ser autosuficiente en términos de producción, pero aun así carecer de soberanía si está limitado en su capacidad para determinar sus políticas y decisiones energéticas de manera autónoma.
Apelando a estos dos conceptos, se puede inferir que no existe una disyuntiva aplicable a su definición, pero si pueden evaluarse por separado para visualizar cómo se afectan con las decisiones de política pública del gobierno de turno.
En 2023, Colombia cuenta con una capacidad efectiva neta de generación de 18,777 MW, de acuerdo con un informe de Corficolombiana; el 68,4% corresponde a generación hidráulica, casi el 30% a generación térmica (13,3% con Gas Natural, 7,8% con combustibles líquidos y 9,5% con carbón) y aproximadamente el 1% con Fuentes No Convencionales de Energía Renovable (FNCER) (eólica, solar, y biomasa). Colombia actualmente tiene autosuficiencia energética, salvo momentos puntuales en que ha tenido que importar gas para alimentar las termoeléctricas de la costa como plan contingente de suministro.
Estos porcentajes tienen variación año a año dependiendo de la demanda, de los fenómenos climáticos y por ende de la disponibilidad de recursos. Se trata entonces de una matriz altamente dependiente de las fuentes hídricas que, siendo renovable, no es inagotable y un período de clima seco extremo como el vivido en los años 90 del siglo pasado pudiera impactar altamente su disponibilidad. De otro lado, con un tercio de esta matriz dependiendo de recursos no renovables como gas, petróleo y carbón, siendo la primera fuente de sustitución de la energía hidráulica en caso de su agotamiento, es indudable que se convierte en un recurso estratégico para garantizar la autosuficiencia energética.
Por su parte las FNCER no son al menos por ahora, ni por un buen tiempo, una alternativa que aporte como fuente sustituta de primer orden, por su dificultad para convertirla en un recurso accesible, confiable y disponible.
Ahora bien, las fuentes hídricas dependen de la madre naturaleza y el clima, y poco puede hacer la intervención humana para garantizar su disponibilidad fuera de medidas de control mediante racionamiento o construcción de represas para su almacenamiento.
En cambio, los recursos fósiles a pesar de ser finitos, si pueden estar disponibles a partir de la intervención humana mediante la exploración y desarrollo de los yacimientos y el uso de tecnologías disponibles para su aprovechamiento. Colombia tiene un muy alto potencial de recursos fósiles en sus numerosas cuencas sedimentarias tanto en el área continental como en costa afuera y existen tecnologías de punta que permiten acceder a estos recursos de una manera rentable, segura y sostenible.
Es decir que, para mantener la autosuficiencia energética en cualquiera de los posibles escenarios de la matriz, sin duda la disponibilidad de los recursos necesarios no depende de decisiones divinas sino de decisiones humanas que los líderes responsables del bienestar y desarrollo de la comunidad que representan deben tomar responsablemente por encima de cualquier consideración política e ideológica.
Y es aquí donde es necesario contemplar el concepto de soberanía, ya que esta se garantiza en cuanto el país, a través de su gobierno, sea capaz de definir y controlar la disponibilidad de las fuentes que permitan la autosuficiencia de manera permanente, sin que sea dependiente de terceros.
Es decir, un país puede tener autosuficiencia energética porque garantiza los recursos para la demanda que tiene, pero puede no tener soberanía si en determinado momento las decisiones para garantizar esta autosuficiencia se ven afectadas por presiones que ejerzan foráneos apelando a compromisos, acuerdos y condicionamientos que limiten el aprovechamiento de sus recursos.
Un caso similar vivió recientemente Alemania, cuando en su afán de modificar su matriz energética a una más limpia decidió eliminar el uso de carbón reemplazándolo por gas natural proveniente de Rusia, con lo cual además de no ser autosuficiente perdió soberanía al depender de un tercero que finalmente intentó utilizar esta ventaja estratégica en favor de sus intereses geopolíticos.
En el caso particular de Colombia, la autosuficiencia podrá mantenerse hasta que las reservas de hidrocarburos se agoten, que de no hacerse algo por incrementarlas, se daría en los próximos siete años. Y ante esta situación quedan dos caminos: O nos enfocamos en desarrollar los recursos fósiles que aún son abundantes como son el gas de los yacimientos costa afuera (offshore), el gas de yacimientos no convencionales, los hidrocarburos de cuencas con potencial exploratorio y los yacimientos de carbón mineral; o decidimos acudir a la importación de los volúmenes faltantes para cubrir las necesidades de la matriz energética. En el primer caso seríamos autosuficientes y soberanos energéticamente, situación ideal de manera estratégica y económicamente. En el segundo caso, perderíamos la autosuficiencia y la soberanía estaría subordinada a con que país o gobierno entremos a negociar el suministro de la fuente insuficiente.
Y en esta segunda indeseada opción, la peor condición que pudiera darse es que el socio estratégico que sea propuesto no sea un dechado de virtudes, brille por sus antecedentes de ineficiencia, falta de seriedad en los negocios, casos de corrupción rampante y dudosa gobernabilidad; es decir además de los problemas que implica dejar de ser autosuficientes, se tendría que hacer un máximo esfuerzo para controlar y asegurar que el socio cumpla sus compromisos, se alcancen las metas y que el negocio resulte en beneficio mutuo, y lo más grave que no se ponga en juego la soberanía energética.
Ante este escenario pues cualquier pensamiento lógico debería conducir a la decisión de evitarse riesgos innecesarios y mejor echar mano de lo que es seguro: acudir a garantizar los recursos energéticos requeridos tomando las fuentes propias del país.
Todo lo anterior bajo el contexto de seguir apoyando una transición energética que sea ajustada al requerimiento y compromiso con el mundo de acuerdo con nuestras posibilidades, privilegiando el desarrollo económico del país, atacando el flagelo de la pobreza y propiciando el bienestar de todos los colombianos. Esto debe hacerse mediante un balance justo que lo haga realizable y sostenible. Cualquier decisión que afecte este balance coloca en riesgo la soberanía energética pues se estaría priorizando acatar los mandatos de terceros sobre los mejores intereses de la nación.

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